Lisboa. Día 1

En Francia cada 7 semanas de colegio (más o menos) los niños tienen 15 días de vacaciones. Si bien para los padres es un follón organizativo porque tienes que saber qué hacer con los pequeños durante esos días (sobre todo si los abuelos viven a 1.300km de distancia). Nosotros hemos aprovechado para hacer un pequeño viaje en familia Lisboa. Era la primera vez para todos en el país luso y la verdad es que teníamos muchas ganas de visitarlo.

Comenzamos el día yendo a la Estación Fluvial de Cais do Sodré para coger el barco a Cacilhas. El billete ida y vuelta cuesta 3 euros, y los menores de 3 años entran gratis. Una vez llegamos a Cacilhas disfrutamos de la vista de Lisboa desde el otro lado del estuario del Tajo. Nos daba un poco de miedo el viaje en barco por si alguno se mareaba, pero no dura ni 10 minutos y los dos niños aguantaron de maravilla.

Cogimos un autobús rumbo al Cristo Rei atravesando el pueblo de Cacilhas y por fin llegamos a nuestro destino. El Cristo Rei es una estatua de  más de 25 metros de alto que está sobre un pedestal de 80 metros y es una copia del Cristo Redentor de Río de Janeiro. Desde esta posición se puede observar toda Lisboa y el Puente del 25 de Abril que recuerda enormemente al Golden Gate de San Francisco.

 

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La entrada al jardín y al recinto vallado es gratuita, pero subir a lo alto del pedestal cuesta 4 euros por persona. Como íbamos con los niños decidimos dejar esa visita para otro momento y nos fuimos a comer a Casilhas, el pueblo pesquero al que habíamos llegado con el barco. Comimos en un restaurante no lejos de la estación arroz con pulpo que es una especialidad de la zona. Me encantó como hacían la fritura de pescado en la calle, me recordó a los domingos en mi casa cuando mi padre asa gambas en el patio.

Por la tarde nos dirigimos a la zona de Belém, para llegar allí cogimos el tranvía en Cais do Sodré que es una gran estación de trenes, tranvía, metro y barcos. Se llega en unos 15 minutos. Nuestra primera parada fue el Monasterio de los Jerónimos y debo decir que es simplemente espectacular, creo que es lo que más me gustó del viaje. El claustro es una maravilla arquitectónica. Las fotos no reflejan lo bonito que es.

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El Monasterio fue encargado por el rey Manuel I de Portugal para conmemorar la vuelta de Vasco de Gama. En su interior se encuentra la tumba del célebre navegante. El Monasterio está decorado con profusión de motivos góticos y es una visita obligada. La entrada cuesta 10 euros y los niños entran gratis.

A mí lo que siempre me sorprende de estos sitios es que los vemos con las paredes desnudas y sin vida (salvo por los turistas), pero en su época, cuando estaban llenos de monjes que realizaban sus tareas y oraciones debía ser incluso más magnífico que ahora.  El claustro tiene gárgolas para evacuar el agua del tejado los días de lluvia.

Terminada la visita nos dirigimos justo en frente atravesando el parque de la Plaza del Imperio hasta el Monumento a los Descubrimientos. Este monumento en forma de carabela con el escudo nacional a los lados y la espada de la Casa Real de Avis sobre la entrada. Frente al monumento hay un mapa del mundo con la señalización de los viajes realizados por los descubridores portugueses y las fechas en las que desembarcaron o conquistaron.

Y por último, y para terminar un día bien cargado de visitas, nos dirigimos hacia la famosa Torre de Belém. Esta torre sirvió como defensa de la ciudad y posteriormente como prisión. Se construyó bajo el reinado de Manuel I de Portugal (el mismo que mandó construir el Monasterio de los Jerónimos)

La torre es de estilo manuelino (como el Monasterio) y se llega a ella a través de una pasarela de madera. Cuando nosotros llegamos estaba subiendo la marea y los turistas se mojaban tratando de entrar y salir de la torre. Decidimos no jugárnosla, ya que íbamos con un carrito y dos niños pequeños, y dejamos la visita al interior de la torre para la próxima vez que vayamos a Lisboa.

Volvimos a pie hasta la parada de tranvía situada en frente del Monasterio mientras atardecía y el sol nos deleitaba con unos cuantos rayos (prácticamente los únicos que tuvimos en todo el día).

Antes de volver a casa hicimos una parada en la pastelería más famosa de Lisboa donde venden los famosísimos Pastéis de Belém, unos pasteles de nata que están buenísimos. Siempre hay cola delante de la puerta, pero va rápida y merece la pena esperar para comprar los pasteles. Nosotros compramos en varias patelerías y estos son los que nos parecieron que estaban más buenos.

Y cansados, pero llenos de vivencias nos fuimos a casa a darnos un baño y a descansar hasta el día siguiente que tenáimos una agenda apretada de nuevo.

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